Cavilaciones interrumpidas

De regreso de jugar tenis con un amigo noté algunas cosas que, a veces, sumido en mis pensamientos, dejo pasar con la más inocente indiferencia. Una de ellas es la cantidad absurda de gente que cabe en una estación de metro. Gente que camina, que compra, que va de acá para allá reclamando porque hay harta gente. Algunos chocan conmigo porque el bolso deportivo es aparatoso cuando va lleno y el mango de la raqueta asoma amenazante en un costado. Otros se pasean por la colección musical que hicieron caber en su teléfono móvil, mientras, sentados en el piso del tren, animan a la multitud con un poco de música ambiental no solicitada. Mientras saco el libro que me acompañará durante los 15 minutos del trayecto levanto la mirada una última vez, sutilmente, y recuerdo un número reciente de xkcd.

La ciudad tiene un concepto desequilibrado de diligencia. Para comprobarlo basta con recorrerla varias veces al año entre puntos diametralmente opuestos escogidos con cierto cuidado, poniendo atención en los arreglos viales que encontrará durante el trayecto. Notará que la construcción de nuevas avenidas, bautizadas en gran número como carreteras, sirven de puente entre determinados sectores de la ciudad y los lugares de trabajo de los residentes, sin mencionar el acceso directo al aeropuerto que se han instalado para no tener que pasar por la Alameda. Huelga decir que estos monumentos a la ingeniería satisfacen los cortos plazos con los que fueron concebidos en papel, y afectan poco y nada la cotidianeidad de sus beneficiarios.

Digo esto a colación de la situación de Maipú, comuna en la que viví los primeros 23 años de mi vida y de la que intento escapar paulatinamente. Ahí la situación es diferente. Cuando comenzaron a renovar la Avenida Pajaritos, que es la principal conexión de la comuna con Santiago, los atochamientos matinales eran soberanos, siendo superados por los de la tarde pero no en cantidad de vehículos, ya que la distribución de horarios de salida es más amplia y azarosa que la de entrada. No, en la tarde había que agregarle al tumulto de automóviles  el cansancio acumulado de un día que ya había empezado con el mal rato de los bocinazos y la lentitud. «Es para mejor,» era el discurso atemporal del político de turno, de quien podemos asumir que no viajaba por la calle en cuestión. Al poco tiempo de terminados los trabajos, cuando todo era mejor, una nueva mano comenzó a mover las piezas en el tablero: la vieja promesa del metro comenzaba a hacerse realidad. Realidad que también llevó un cargamento de máquinas, gigantescos pilares de cemento y obreros no calificados apareciendo de súbito en la calle con una tabla circular pintada de rojo, imagen que el automovilista desprevenido debía entender como deténgase, para así darle paso a las lentas acrobacias de un camión arenero.

Este circo citadino podría considerarse una excepción, un paréntesis en la historia de una comuna que ya tiene suficiente. Un paréntesis, sin embargo, que se anida con otros. Durante los últimos años he sido víctima permanente del progreso. Por ejemplo, cuando supe de un recorrido de micro que me llevaría de mi casa al lugar donde estudio prácticamente en línea recta, decidí intentarlo. La primera semana fue bastante buena, pues ahorraba unos 15 minutos respecto del tradicional Pajaritos-Alameda-Metro, que en vez de ser una recta es una suerte de “C” flojamente dibujada. Sin embargo, tras siete días de exitosa travesía, aparecieron. Máquinas, camiones y capataces. Y con ellos los quince minutos a favor se convirtieron en 15 en contra. Los arreglos pasaron a ser parte del paisaje.

Por supuesto que Maipú no es la única comuna con la enfermedad. Cualquiera que haya vivido en La Florida durante los largos meses de la renovación del 14 puede dar fe de ello. A ratos pienso que se trata de los desesperados esfuerzos de la ciudad por estar a la altura de sus habitantes, o más bien de su número. Tantos son los que hay que las condiciones no pueden mantenerse, pero en lo que tardó la ciudad cambiando las condiciones, el número de habitantes volvió a aumentar y su distribución volvió a variar, por lo que se repite el círculo vicioso.

En un ámbito más doméstico, noté también que de un tiempo a esta parte las empresas que envasan productos de comida han mejorado uno de sus aspectos fundamentales, y se merecerían un aplauso si no fuera por el tiempo que tardaron. Finalmente están haciendo sistemas abre-fácil que son fáciles a priori, y no solamente tras un doctorado en plástico. Uno de los que no termino de entender, en todo caso, es el minúsculo sello que, teóricamente, mantendría cerrada la bolsa grande de galletas Morocha. El material es tan inflexible que incluso cintas adhesivas de mejor calidad y mayor dimensión podrían darse por derrotadas. Faltaría, eso sí, un sistema cierra-fácil en los paquetes de queso laminado, para no tener que depender de las cajitas Ziploc. En su defecto, un acuerdo con esta empresa sería útil, ya que podrían amarrar al queso un recipiente hermético y pegarlos con una etiqueta que diga «promoción,» tal como a los cereales se les agrega un superhéroe de plástico al fondo de la caja.

Bienvenidos al nuevo Prostíbulog. Quienes me conocen lo suficiente entenderán en el tono con el que escribo aspectos de mi estado actual. Gracias a todos por seguir leyéndome.